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Crece la desafección en Brasil con la camiseta ‘canarinha’ tras su “secuestro” por parte de la ultraderecha

Lula critica el uso de Bolsonaro de los símbolos nacionales y afirma que sí vestirá la camiseta de la selección en el Mundial de Qatar

Al menos una cuarta parte de los brasileños que verán el torneo dejarán la camiseta en el armario por las connotaciones políticas

MADRID, 24 (EUROPA PRESS)

En vísperas de la primera vuelta de las elecciones de Brasil, el aún presidente Jair Bolsonaro invitó a sus compatriotas a acudir a las urnas con la camiseta del equipo nacional, llegando incluso a amenazar con recurrir las Fuerzas Armadas si alguien les prohibía hacer uso de su derecho al voto de esa guisa.

“Voy a ordenar a las Fuerzas Armadas, que participarán en la seguridad, que en cualquier colegio electoral que se prohíba la entrada con la camiseta verde y amarilla no haya elecciones”, dijo Bolsonaro, quien ha utilizado explícitamente el fútbol como instrumento político.

Lo que estaba haciendo Bolsonaro cuando dijo aquello fue esparcir un bulo que surgió en redes sociales sobre la prohibición de usar la camiseta del combinado nacional para ir a votar. El Tribunal Superior Electoral (TSE) tuvo que salir a desmentir aquello, pero el daño ya estaba hecho.

Bolsonaro y los suyos se han apropiado de un símbolo nacional que hasta ahora había servido para unir a una sociedad que siempre se ha vanagloriado, y con razón, de tener el combinado nacional más laureado del fútbol mundial. Tanto es así que la federación brasileña (CBF) ha tenido que lanzar una campaña en vísperas de Qatar 2022 bajo el lema ‘la Amarilla nos hace tan bien’ para intentar desvincular el carácter político que le han impregnado en los últimos años Bolsonaro y los suyos.

Ya en agosto fue la compañía de la cerveza más consumida del país, Brahma, quien lanzó una campaña publicitaria en la que se pedía a los brasileños “recordar el significado original” de esta camiseta. “Saque la amarilla del armario y póngasela, es suya, es mía, y es de toda nuestra afición”, rezaba aquel comercial.

“La ultraderecha de Jair Bolsonaro ha destruido todo a su paso, incluso el cariño que le teníamos a la camiseta amarilla”, dice Walter Casagrande, delantero de la selección en el Mundial de México 86 y sobre todo uno de los líderes junto a Sócrates de la conocida como ‘Democracia Corinthiana’, en plena dictadura militar.

Casagrande, ahora comentarista y colaborador en varios medios de comunicación, es uno de los personajes del fútbol dentro de Brasil que se ha mostrado más críticos con el Gobierno de Bolsonaro, los futbolistas, e incluso con esta Copa del Mundo. En un reciente artículo para ‘Folha de Sao Paulo’ se preguntaba por qué deberían ellos animar a la selección cuando la mayoría de los jugadores “no pelearon del lado del pueblo brasileño” en los momentos más difíciles.

LA CAMISETA ‘CANARINHA’ SE QUEDA EN EL ARMARIO

Ahora, en vísperas de su primer partido en esta fase final este jueves frente a Serbia, algunos de los brasileños que no votaron a Bolsonaro se hallan en el dilema de utilizar o no unos símbolos nacionales que estos días se pueden ver en las manifestaciones antidemocráticas en las que los descontentos con el triunfo en las urnas de Luiz Inácio Lula da Silva piden al Ejército una intervención militar.

Mientras que Bolsonaro ha conseguido algo que no se vio siquiera durante la dictadura militar, que algunos brasileños renegaran de la camiseta amarilla de la selección, entre la izquierda son también muchos los que creen que han “fracasado” dejando que la ultraderecha se apropiara de estos símbolos.

No obstante, Bolsonaro no ha inventado nada nuevo, simplemente ha dado el siguiente paso natural de utilizar el fútbol como arma política. Ya en los gobiernos anteriores del Partido de los Trabajadores (PT), la oposición salió a las calles a protestar ataviados con la insignia nacional y otros símbolos futbolísticos al grito de eslóganes que se han vuelto a escuchar ahora, como ‘mi bandera no será roja’ y ‘mi partido es Brasil’.

Pero el uso de la camiseta de la selección entre estos sectores tan conservadores de la sociedad brasileña llegó a su máxima expresión con la destitución de la expresidenta Dilma Rousseff en 2016 y la encarcelación de Lula da Silva un año después.

La icónica camiseta amarilla ha dado paso a la no menos reconocible zamarra azul, que Brasil utiliza como alternativa, y que para muchos pasará a ser ahora la principal, en un intento, parece, por desligarse del uso torticero que la ultraderecha ha hecho de ella en los últimos años.

Al menos una cuarta parte de los brasileños que tiene previsto ver el Mundial de Qatar 2022 así lo piensa y no la utilizará, según una encuesta publicada la semana pasada por el portal de noticias Metrópoles. En ese mismo sondeo, incluso, un 9 por ciento aseguró que su relación con la selección empeoró después de las elecciones.

Quizás algunos de estos nuevos desafectos hayan aparecido después de que varios de los futbolistas de la actual selección hayan declarado su apoyo a Bolsonaro, explícitamente como en el caso de Neymar –está por ver si le dedicará como dijo su primer gol en esta Copa del Mundo–, o de forma un tanto más velada, como el capitán Thiago Silva o el veterano Dani Alves.

Entre quienes se resisten a dejar en el armario la camiseta amarilla está el presidente electo de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, quien ya criticó durante la campaña y después de las elecciones el uso que Bolsonaro y sus socios han estado haciendo de los símbolos nacionales y recalcó que él sí la vestirá en el Mundial.


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